Historia de los Dragones
30 de Junio de 2.130
.El viaje… unas
horas más y estaba de viaje. No había tiempo que perder,
al menos para mí. Sabía que las cosas que había
encontrado no cambiarían mucho las cosas de llegar a estar en
peligro allí, peor al menos sabría ue me mató.
Yacía yo sentada encima del escritorio, mientras miraba el reloj
anticuado colgado en la pared. La vela a mi lado estaba consumiéndose
casi por completo, y yo tenía un nudo en el estómago.
—Ah, joder—me dije, mientras me bajaba del escritorio. Rebusqué
en uno de los cajones del mismo, y saqué una vela nueva—.
Tengo que hacer algo productivo con mi vida.
Puse la vela en la palmatoria, procurando pegarla bien a la vela anterior.
La prendí, haciendo que ésta iluminara tenuemente la estancia.
Me mordí el labio.
Me dirigí hacia una estantería repleta de libros que aún
no empacaba. Miré los lomos de cada uno de los volúmenes,
pensando cuál podía sacar, y que sería lo que me
revelaría cada uno de esos textos, encuadernados en cuero.
Me encogí de hombros, y me estiré, para alcanzar un volumen
delgado, con encuadernado de piel negra. Había un dragón
precariamente dibujado en la portada, así que ya me imaginaba
que era lo que iba a encontrar. Me había acostumbrado tanto a
lo extraño que podía ser leer los libros de mi abuelo,
que ya ni me inmutaba cuando leía.
Dejé el delgado libro sobre la mesa, mientras corría la
pesada silla con cojín. Me detuve, y miré la taza de café
vacía que había tomado hacía unos momentos.
Me serví más café, en un intento de conservar cafeína
en mi cuerpo. Dejé la taza en la mesa —no me importó
la mancha que el calor dejó en la madera— y me senté
con lentitud.
Me estiré, para tomar la pluma y acercar el tintero. Saqué
un par de pergaminos de debajo del pisa papeles —un trozo de madera
caoba— y los dejé delante de mí, al alcance de mi
mano. Abrí el pequeño librito con dedos temblorosos, y
aspiré aire. El polvo me hizo cosquillas en la nariz.
La primera página tenía una fotografía en blanco
y negro, de un enorme cubo de hielo, de al menos quince metros de largo,
y diez de alto al menos. Dentro, había una silueta, parecida
a una lagartija con alas… pero magnificada al menos quinientas
mil veces.
El enorme cubo estaba rodeado de una docena de personas, con capas de
viaje de color oscuro, y que miraban sorprendidos el enorme hallazgo.
El pie de foto rezaba:
Dragón encontrado en el Polo Norte, después de dos días
y medio de búsqueda.
—Hala—musité.
Pasé la página con dedos temblorosos. En la siguiente
hoja, había un párrafo escrito a mano, y distintos recortes
de partes diseccionadas del enorme y monstruoso animal. Desvié
la vista hacia el párrafo, y leí:
Los Dragones han sido encontrados en el Polo Norte, después de
dos días y medio de búsqueda entre el hielo.
Son criaturas realmente enormes, cuyos ojos amarillos tienen la apariencia
de los de una serpiente. Tienen escamas muy fuertes y resistentes, tanto
que tuvimos que usar una sierra para poder despejar su piel y estudiar
la coraza que los cubre.
Su piel es bastante gruesa —al menos cinco centímetros
de grosor— y resistente a casi todo. Para poder cortarla y sacar
algo de su ADN, tuvimos que recurrir a alguna sierra, a elementos de
trabajo, por que su piel es tan dura como el acero, y tan flexible como
el nylon.
La cabeza tiene una forma aguzada, igual que todo su cuerpo, presumimos,
para ser aerodinámicos. Las alas son de un cuero delgado y bastante
resistente, de al manos diez metros de envergadura —cada una—
con articulaciones en casi toda su extensión, parecidas a las
alas de los pterodáctilos.
Poseen dientes de al menos diez centímetros de largo, y una lengua
bípeda, que según creemos, está recubierta por
una sustancia especial que la hace soportar altas temperaturas.
Encontramos en su cuello, unas glándulas con un fuerte olor a
combustible. Presumimos que la lengua tenía aquella sustancia,
para ser resistente al fuego que lanzaban.
Tienen una cola increíblemente resistente y musculosa.
Sus patas tienen garras curvadas y resistentes como el acero, letales
para quien sea el desafortunado que las recibiese.
Sus huesos son resistentes, duros y muy difíciles de romper
—Já, en otras palabras, son indestructibles—dije,
después de chasquear la lengua con desaprobación.
Pasé a la página siguiente, mientras fruncía el
ceño.

